Yanín Fabiana Pernía

El caso de Yanín Fabiana Pernía Coronel es una desgarradora representación de la represión y la violación sistemática de derechos humanos que ha marcado la historia de Venezuela. Con tan solo 25 años, esta mesoterapeuta fue condenada a 30 años de prisión tras ser implicada en un supuesto atentado contra el presidente Nicolás Maduro en 2018. Pero más allá de las acusaciones infundadas, su historia es un retrato de abuso, tortura y sufrimiento.

El 5 de agosto de 2018, un día después de la explosión de un dron durante un acto público en Caracas, Pernía fue detenida en un control militar en Barinas. Desde ese momento, lo que debería haber sido un debido proceso se convirtió en una pesadilla. La joven fue sometida a desaparición forzada y, según denuncias de su familia y defensores de derechos humanos, fue víctima de torturas atroces: golpes, electrocuciones y violencia sexual fueron solo algunas de las atrocidades que padeció a manos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Las imágenes de Pernía presentándose ante el tribunal, visiblemente marcada por la tortura, son un claro recordatorio de la brutalidad con que opera la justicia en Venezuela. Imputada por terrorismo y otros delitos relacionados con el magnicidio frustrado, su condena fue precedida por un juicio lleno de irregularidades y evidente falta de garantías procesales.

La situación de Pernía se torna aún más alarmante al analizar las condiciones de su reclusión. En el Instituto Nacional de Orientación Femenina (Inof), la única cárcel de mujeres en el país, se le privó de lo más básico: no tiene acceso a agua corriente y se ve obligada a convivir en condiciones precarias con otras prisioneras políticas. Su relato sobre el hacinamiento y la falta de atención médica pone de manifiesto el desprecio absoluto por la dignidad humana y por los derechos fundamentales de las personas encarceladas.

La condena de Yanín Fabiana Pernía no es solo una pena de prisión, sino un símbolo de la resistencia ante un sistema que busca aplastar toda disidencia. Su lucha y la de tantas otras mujeres como ella nos recuerdan la imperante necesidad de abogar por sus derechos y por un futuro donde la justicia prevalezca sobre la persecución política. Es imperativo que su voz, silenciada en las sombras de la represión, resuene y exija un cambio profundo en la realidad venezolana. La indignación frente a estos abusos no solo es necesaria, sino urgente.

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