Ángela Lisbeth Expósito

pueden ocurrir en medio de la supuesta paz de un país. Nacida en 1965 en Venezuela, Ángela no solo se destacó como profesora de biología, sino que también se convirtió en una ferviente activista y protectora de los animales. Su compromiso con el bienestar animal la llevó a fundar Fundanimal, una organización no gubernamental dedicada a rescatar y proteger a mascotas en situación de abandono. Sin embargo, su noble labor la llevó al corazón de una tormenta política que cambiaría su vida para siempre.

En julio de 2018, Ángela se vio involucrada en el rescate de dos perros abandonados por su dueña, quien se había mudado a Canadá. A pesar de no tener relación con los dueños de los animales, su amor y compasión por las criaturas sin hogar la impulsaron a actuar. Junto a organismos municipales, logró sacar a los perros de una situación de abandono. Pero lo que comenzó como un acto de bondad fue rápidamente distorsionado por un sistema opresor.

El 22 de septiembre de 2018, su vida dio un giro devastador. Agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN) irrumpieron en su hogar sin orden de allanamiento, arrestándola sin explicaciones y llevándose a sus rescatados. Fue acusada, sin pruebas contundentes, de estar implicada en un atentado fallido contra Nicolás Maduro, una acusación absurda que reflejaba la desesperación del régimen por silenciar a cualquier voz disidente. En agosto de 2022, fue condenada a 24 años de prisión, una sentencia marcada por la arbitrariedad y la injusticia.

Desde su encarcelamiento, las torturas a las que ha sido sometida son inimaginables. Ángela ha sobrevivido a golpizas brutales, asfixias con bolsas plásticas, descargas eléctricas y humillaciones inimaginables. Sus torturadores han utilizado métodos que parecen sacados de la Edad Media: arrancarle las uñas con tenazas y negarle atención médica adecuada a pesar de sus problemas de salud, como asma y trastornos respiratorios. Las condiciones de su prisión son inhumanas; ha tenido que dormir en un colchón sucio y manchado de sangre, realizando sus necesidades en un envase plástico, mientras es confinada en un cuarto frío con luz constante que distorsiona su sentido del tiempo.

Esta situación no solo es intolerable, sino que debe ser denunciada públicamente. El caso de Ángela Lisbeth Expósito Carrillo no es un hecho aislado; es parte de un patrón alarmante de represión que se vive en Venezuela. Cada día que pasa, su historia se convierte en un grito desesperado por justicia, por dignidad y por un cambio que aún parece lejano.

Los ciudadanos del mundo deben alzar la voz en apoyo a Ángela y a todos aquellos que sufren injusticias similares. Este es un llamado a la comunidad internacional para que actúe, exija el respeto por los derechos humanos y presione al gobierno venezolano a cesar las torturas y liberar a quienes son perseguidos por defender la verdad y la vida. La historia de Ángela es un testimonio de valentía y resiliencia ante la opresión, y su lucha por los animales y la libertad debe ser iluminada y apoyada con urgencia.

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