Carla Y. Antón

El 17 de junio de 2019 marcó un antes y un después en la vida de Carla Yancelys Antón Farías, una teniente del ejército venezolano. En medio de la rutina diaria que implicaba entregar su guardia en el Fuerte Paramaconi, su vida se desmoronó en un instante. Sin orden de aprehensión ni advertencia, fue detenida por la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) y trasladada a la cárcel de «La Pica» en Maturín, Monagas. Este acto, que detalla una violación flagrante de los derechos humanos, es solo el inicio de un calvario que ha dejado huellas profundas en su familia, especialmente en su hermana Yanmarys.

Las palabras de Yanmarys resuenan con dolor y desesperación: “La privaron de su libertad sin orden de aprehensión”. Esta frase encapsula la angustia de no saber a quién recurrir ni qué hacer ante la represión del estado. A pesar de ser la mayor de cuatro hermanos y haber dedicado su vida a la carrera militar desde los 18 años, Carla Antón se convirtió en víctima de un sistema que parece estar más interesado en perpetuar el miedo que en garantizar la justicia. La incertidumbre que siguió a su detención fue abrumadora. Fueron 15 días de silencio antes de que su familia supiera dónde estaba , lo cual es un claro reflejo de la opacidad y la injusticia que caracterizan a los regímenes autoritarios.

La acusación de conspiración en su contra carece de fundamento. Ni pruebas concretas se presentaron, ni testigos se convocaron; la historia de un supuesto complot para secuestrar a la exgobernadora de Monagas, Yelitze Santaella, revela, en cambio, la manipulación política utilizada para deshacerse de enemigos percibidos. Yanmarys, con una fe inquebrantable en la inocencia de su hermana, afirma: “Sé que ella es inocente”. Esta certeza no es solo una declaración familiar, sino un grito desesperado en medio del silencio impuesto por el sistema. La lucha por la verdad se torna casi titánica cuando los entes judiciales actúan como meros instrumentos de represión.

La situación en la cárcel «La Pica» se tornó aún más sombría. La negación de derechos fundamentales como el acceso a la alimentación y atención médica es un indicio escalofriante del trato que reciben los presos políticos bajo la administración actual. Las condiciones infrahumanas, donde el maltrato físico es cotidiano, son parte de una estrategia sistemática de intimidación. “Ella fue golpeada varias veces en esa cárcel por sus compañeras de celda, por orden del director de ese penal”, relata Yanmarys, ilustrando la brutalidad de un sistema que busca doblegar en lugar de rehabilitar. La falta de visitas de familiares y abogados, junto con la violencia constante, señala una clara intención de aislamiento y sufrimiento.

El camino hacia un juicio justo fue igualmente tortuoso. Pasaron casi tres años desde su detención hasta su primera audiencia, y este proceso judicial estuvo marcado por la ausencia de quienes más la aman. La noche del 6 de abril de 2022, Carla se presentó ante un tribunal en condiciones que atentan contra cualquier noción de justicia. “No duró más de 3 horas”, dice Yanmarys, añadiendo que tanto la defensa como la acusación eran funcionarios públicos que no ofrecieron evidencias reales.

El resultado fue el reflejo de un juicio que no buscaba la verdad, sino mantener las apariencias de legalidad en un contexto de arbitrariedad.

El Observatorio Nacional de Derechos Humanos ha documentado estos hechos y los ha calificado como parte de una “sistematización de persecución, mentiras y retaliaciones”. Es un recordatorio del costo humano de la represión política, donde el sufrimiento individual se convierte en una pérdida colectiva. Yanmarys, en su lucha por visibilizar la situación de su hermana, ha decidido no dejarse vencer por el miedo. Su reflexión final es un poderoso llamado a la acción: “Seguiré venciendo el miedo para visibilizar los casos de presos políticos”.

En conclusión, la historia de Carla Yancelys Antón Farías no es solo un desgarrador relato de injusticia personal, sino que representa una lucha más amplia contra un sistema que continúa silenciando a quienes se oponen al poder. El sufrimiento vivido por Carla es un eco de la desesperación y la valentía de muchos en Venezuela, y su caso debe servir como un recordatorio de la importancia de la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de justicia en medio de la oscuridad.

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