
El 13 de septiembre de 2017, la sombra de la injusticia se cernió sobre la familia de Franks Cabaña cuando funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) lo detuvieron brutalmente, acusándolo de ser cómplice en el robo del helicóptero que Oscar Pérez había piloteado sobre Caracas. La falta de pruebas contundentes y la escasa transparencia en este proceso han dejado a la opinión pública con un sentimiento profundo de indignación.
En un acto desproporcionado, los funcionarios no solo arrestaron a Franks, sino que también allanaron la casa de su madre, llevándose a su hermano de 17 años y a un primo que se encontraba de visita. ¿Qué tipo de justicia es esta? La pesadilla de la persecución se extendió a toda su familia, obligando a Xiomara Andara, la madre de Franks, a abandonar el país en diciembre de 2017, sumida en el miedo y la desesperación. El padre de Franks, atrapado en esta vorágine de violencia y represión, pasó tres meses en prisión y un año bajo un régimen de presentación, sin que se le ofreciera la más mínima explicación. Una muestra palpable de la arbitrariedad del sistema judicial.
A Franks se le imputan delitos gravísimos como terrorismo y asociación para delinquir, simplemente por haber mantenido una conversación fugaz con Oscar Pérez, el exinspector del Cicpc asesinado por el régimen. Esta conexión, tan superficial y carente de fundamento, pone de manifiesto cómo las autoridades pueden manipular y distorsionar la realidad en su afán por reprimir y silenciar a quienes se atreven a alzar la voz. Franks es actualmente el único prisionero por la causa de Óscar Pérez, mientras que otros implicados han recuperado su libertad.
Como padre de dos hijos, uno de ocho años y otro de diez, Franks Cabaña es descrito por su madre como un “hombre responsable y buen hijo”. Sin embargo, esta responsabilidad le ha costado su libertad. La agonía de Xiomara, que clama por la restitución de su familia, resuena en un país donde la justicia parece ser un concepto cada vez más distante. Su esperanza, aunque trémula, sigue viva: el sueño de volver a abrazar a su hijo un día, de ver a su familia reunida nuevamente, es un anhelo que no debería ser negado a ninguna madre.
La historia de Franks Cabaña no es solo la de un hombre, sino la de un sistema que ha fallado estrepitosamente al proteger a sus ciudadanos de la injusticia y la barbarie. Es tiempo de alzar la voz, de exigir respuestas y de luchar por aquellos que, como Franks, están atrapados en las garras de un régimen opresor. La indignación debe convertirse en acción; un grito colectivo que clame por la liberación de todos los inocentes que sufren a manos de la injusticia. ¡Basta ya!





