
El comandante Soto Méndez fue arrestado el 2 de marzo de 2018 en Barinas, mientras disfrutaba de un permiso familiar. Su detención, realizada sin orden de aprehensión, marca el inicio de una pesadilla que continúa hasta hoy. Al día siguiente, fue trasladado a la sede de la Dirección General Contra Inteligencia Militar, donde se convirtió en víctima de torturas y tratos inhumanos que no solo marcaban su cuerpo, sino que también desgastaban su espíritu.
Las atrocidades que sufrió son simplemente inaceptables. Con quemaduras en el rostro y el cuero cabelludo provocadas por gas lacrimógeno, y golpes con vara de metal en los tobillos, se evidencia un claro abuso de poder. Hasta la fecha, no existe ninguna investigación que responsabilice a quienes infligieron tales torturas, dejando a Soto Méndez a merced de un sistema judicial que no tiene compasión ni justicia.
Su reclusión fue fijada en la Cárcel de La Pica, donde pasó tres extensos meses. Posteriormente, fue trasladado a la Cárcel Militar de Ramo Verde, en Los Teques, donde aún se encuentra atrapado, esperando que su caso avance sin rumbo, como una víctima más de un proceso judicial que carece de transparencia y equidad. El 17 de diciembre de 2020, fue sentenciado a siete años y seis meses por instigación a la rebelión, un cargo que refleja las luchas políticas y sociales del país.
Además de haber sido sometido a condiciones inhumanas, el comandante enfrenta problemas de salud graves. Sufre de hipertensión y cálculos renales, y ha atravesado episodios críticos, incluyendo un contagio de covid-19 en agosto de 2020.
Sin embargo, ha recibido escasa atención médica: únicamente una evaluación superficial por parte de una comisión de la Cruz Roja, lo que subraya la negligencia del sistema penitenciario venezolano hacia la salud de sus internos.
A pesar del sufrimiento, su defensa no se rindió. El 12 de febrero de 2021 interpusieron un recurso de apelación contra la sentencia, el cual fue resuelto el 28 de julio de 2021 por la Corte Marcial. Esta instancia decidió anular la sentencia por falta de motivación, ordenando un nuevo juicio alargando de forma cruel el sufrimiento.
Aislado de su familia, Soto Méndez enfrenta la dura realidad de estar tras las rejas en un país donde los derechos humanos son constantemente vulnerados. Su esposa, quien reside junto a sus hijos en Barinas, ha hecho todo lo posible para proveerle enseres y medicamentos, pero la situación política del país hace que su reunificación familiar sea un sueño lejano.
La historia del comandante Soto Méndez no es solo la historia de un hombre encarcelado; es el reflejo del sufrimiento de miles de venezolanos que, como él, claman por justicia en un sistema que ha olvidado su humanidad. La indignación ante estas torturas y violaciones no debe caer en el olvido. La lucha por su libertad y la de tantos otros debe continuar, porque cada voz silenciada es un grito que merece ser escuchado.





