Oswaldo García Palomo

La noche del 2 de febrero de 2018, el coronel retirado Oswaldo García Palomo no podía imaginar el infierno que se avecinaba. El violento asalto a su hogar por parte de efectivos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar marcó el inicio de un capítulo desgarrador en su vida y en la de su familia.

En un instante, su normalidad se transformó en caos; su esposa, su hijo, sus sobrinas y su nuera fueron objeto de un ataque feroz y desproporcionado.

En sus peores pesadillas jamás había vislumbrado que esa noche se los llevarían encapuchados, sumergiéndolos en un abismo de tortura y sufrimiento.

Durante cuatro días, fueron aislados en una locación clandestina, donde el horror de la tortura se convirtió en su realidad diaria.

Esta espantosa experiencia, que debería ser inimaginable para cualquier ser humano, fue una cruel manifestación del terror impuesto a aquellos que se atreven a desafiar al régimen.

Su esposa logró escapar de ese calvario, dejando atrás su hogar, su vida, todo lo que había conocido, en busca de un destino donde pudiera encontrar refugio y seguridad para sí misma y sus hijos.

Sin embargo, el sufrimiento no terminó con la fuga. A pesar de las brutales torturas infligidas por sus captores, estos nunca lograron obtener lo que verdaderamente buscaban: información sobre el paradero de su esposo, el coronel retirado Oswaldo García Palomo. Acusado de conspiraciones contra el gobierno, Oswaldo fue finalmente capturado el 27 de enero de 2019 y sometido a condiciones inhumanas, bajo la sombra de la desaparición forzada y torturas sistemáticas.

Su condena a 30 años de prisión, impuesta el 20 de septiembre de 2023, es solo un reflejo más de la barbarie que reina en un país donde la opresión ahoga a los inocentes.

A pesar de haber tenido la oportunidad de huir y salvar su vida, Oswaldo García Palomo eligió regresar a Venezuela, un acto de lealtad y compromiso por su patria que lo llevó a un destino trágico.

Su captura en Barinas fue brutal; una bala le rozó la sien y, al igual que su esposa e hijos, fue sometido a torturas desgarradoras. Las redes sociales sirvieron de luz ante la oscuridad de su desaparición, pero la persecución continuó, obligando a su familia a buscar refugio en el extranjero.

Mientras Oswaldo languidecía en prisión, las amenazas se cernían sobre sus abogados, quienes enfrentaron intimidaciones constantes. Sorbay, desde lejos, se convirtió en testigo del sufrimiento de su esposo, cuyas comunicaciones estaban constantemente controladas y monitoreadas. La conexión entre ellos se redujo a meros minutos al mes, un cruel recordatorio de la brutalidad del régimen.

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